
LA EDUCACION DE LOS QUE INFLUYEN
¿VALE LA PENA ESTUDIAR EN LA ARGENTINA?
AUTORA: LUCIANA VAZQUEZ
EDITORIAL SUDAMERICANA
Támara Di Tella es empresaria. De su mano, el concepto de spa se volvió cotidiano en Buenos Aires. Después instaló la técnica Pilates en Argentina. Hizo la escuela primaria en la Escuela Nicolás Avellaneda y la secundaria, en el Lenguas Vivas. Sus estudios universitarios de grado y postrado los hizo entre las universidades de Massachusetts, en London School of Economic, Oxford y Stanford. Tiene un bachelor in Science y un master in Science of Economics. Su padre, nacido en Rusia, fue médico, titular de la cátedra de Neuropsiquiatría de la Facultad de Medicina, UBA. Su madre estudió Medicina hasta que se casó. Su hermana Graciela es doctora en Matemática por el MIT y fue candidata al premio Nóbel de Economía en dos oportunidades por sus teorías sobre patrones de desarrollo. Su hermano Alberto, también es matemático. Los tres estudiaron en los Estados Unidos.
Támara tiene dos hijos con el sociólogo Torcuato Di Tella: Sebastián y Carolina, que hicieron la primaria en el Colegio Bayard y el secundario, en el Colegio Nacional de Buenos Aires. El mayor es licenciado en Economía por la UBA. Carolina es Licenciada en Ciencias Económicas de la Universidad Di Tella.
"...Mi camino propio empezó a los diecisiete años, cuando llegué a los Estados Unidos, a estudiar. Antes de eso, no tenía un ego sólido. Era la más chica. No sabía quién era ni qué estudiar. En los Estados Unidos cambió el foco de mi vida y nació Támara: descubrí qué quería hacer en la vida. Quería estudiar."
— Y estudiar mucho.
— Yo era una obsesionada. Me convertí en una workaholic del estudio. Me decidí por Ciencias Políticas. Esto era en Boston. Tengo un recuerdo muy fuerte del primer día de clases. Había unos 10 mil alumnos. Yo iba con mi formulario de una ventanilla a otra para anotarme en las clases. No sabía cómo se hacía, un mundo que no conocía y en otro idioma. Me impactó mucho. La vida empezaba y terminaba en la universidad.
— ¿Pensaba dedicarse a la investigación?
— Claro. Yo quería ser una universitaria como lo era mi familia: una familia de universitarios. Empecé en la Universidad de Massachusetts. Después, seguí en la London School of Economics; tomé todos mis cursos en Oxford y los exámenes los di en Harvard.
— ¿Cómo es que llegó a Boston a los diecisiete años?
— Mi hermana Graciela, cinco años mayor que yo, estaba en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) haciendo un PhD (doctorado) en Matemática. Había llegado con una beca de la Fundación Ford. Se fue de Argentina con la Noche los Bastones Largos. Y mi papá dijo: "Que vaya Tamarita". Así que terminé el secundario y me fui a Boston. Vivía en Cambridge con una familia como au pair girl.
— Es decir que creció en un clima de esfuerzo intelectual.
— Totalmente. Cuando tuvieron que decidir su carrera, ellos estaban indecisos. Papá les planteó por qué había que estudiar una sola carrera. Y se anotaron en dos cada uno. Las cursaban al mismo tiempo. Y se recibieron en el tiempo justo en las dos: los dos en Matemática; Graciela, además, en Filosofía y Letras y Alberto, en Ingeniería. El mandato intelectual estaba dentro mío pero me costaba competir con mis hermanos. En los Estados Unidos me liberé porque mi hermana no estaba cerca y mi hermano llegó después. Pude ser yo.
— Estudiar en los Estados Unidos es caro. ¿Cómo financió sus estudios?
—Todos tuvimos becas por nuestras notas. Eran los años 60: había muchas posibilidades de becas siempre que tuvieras buen promedio.
— Hoy es más habitual irse a estudiar afuera. No era tan común por entonces y menos en el caso de una joven de diecisiete o dieciocho años.
— Era rarísimo. La carrera de grado se hacía acá pero papá decía que no era serio hacer un postgrado en la Argentina. Había que irse a Europa o los Estados Unidos. Ése fue el caso de mis hermanos. Lo mío fue distinto: hice la carrera de grado en los Estados Unidos. Obtuve el título de bachelor in Science. Viví una transculturización total. En el medio, entre los diecinueve y los veinte años quedé huérfana de madre y padre.
— Boston es el disparador de la verdadera Támara. ¿Pero dónde se había ido preparando esa Támara?
— Papá fue profesor universitario, titular de la cátedra de Neuropsiquiatría de la Facultad de Medicina de la UBA. Tiene libros médicos publicados. Mi mamá estudió medicina hasta que se casó. Se llamaba Raquel Gavensky.
— Su padre era un inmigrante.
— Sí, llegó de Rusia a Entre Ríos de chico. Fue subsecretario de Salud Pública.
— ¿En su casa estaba enunciado ese clásico discurso de la clase
media luchadora de "estudia porque es el único legado que te dejo"?
— Sí, estaba muy asociado con todo un pensamiento de inmigrante judío: esa sensación de que te pueden echar en cualquier momento pero que vos tenes tu título bajo el brazo, que te llevas a cualquier país. Porque la familia de mi mamá se había escapado de Rusia. Se fueron en mitad de la noche. Salieron como podían. Se escaparon en una carreta y empezó a llover. Iban por el medio del campo. Se encajaban las ruedas, el traqueteo, eran como siete hermanos, perdieron un bebé. Un chiquito se cayó, quedó ahí en el camino, no pudieron volver a buscarlo. Una cosa terrible: no podían poner en riesgo a los otros hermanos. Te estás escapando por la frontera, de noche.
— Y con esta historia familiar, el título universitario funcionaba como una suerte de salvoconducto.
— Yo tengo otro recuerdo muy fuerte. A papá le gustaba caminar por toda la casa -el consultorio estaba en la casa- y entraba, nunca golpeaba, a tu cuarto y decía: "Estudiá hija mía, estudiá, estudiá, estudiá". Cerraba la puerta y se iba. Eso me marcó mucho. Un rezo desgarrado, como con esfuerzo. Él llegó a la Argentina ya grande. Venía de una familia muy culta. El padre era rabino. Papá hablaba y escribía hebreo pero no sabía leer ni escribir en castellano. Era analfabeto en este idioma. Tuvo que hacer la primaria mientras trabajaba, de noche. Después, la secundaria, con materias libres. Tuvo el primer surmenage a los dieciséis años. Vivían en el campo de Entre Ríos. El padre rabino hizo su colonia, Ubajai, y tenía su sinagoga. Mi padre se levantaba a las 5 de la mañana y caminaba hasta la escuela.
— Pudo no haberlo hecho. Pudo haberse dedicado a trabajar.
— Hizo toda la primaria libre en dos años y medio y la secundaria, en dos años y medio en un idioma que no conocía mucho. Después entró a Medicina. En esa época los judíos no estaban muy aceptados. Medicina como Abogacía eran carreras reservadas para las clases altas nacionales.
— ¿Por qué se fue a Londres?
— Porque la London School of Economics era excelente. Recibí una beca muy buena. Fue otra etapa muy importante de mi vida. Fueron casi tres años. Maduré. Me focalicé. Me recibí y enseguida volví a los Estados Unidos.
— Tenía que hacer una tesis.
— No, pero tuve exámenes finales muy difíciles: duraban una semana, ocho horas por día. De 8 de la mañana a 5 de la tarde, de lunes a viernes.
— ¿Se cuidaba la figura? ¿Ese era un tema para usted?
— Ni pensaba en eso. Era flaquita, perfecta. No me maquillaba. Yo vivía en mi burbuja. Terminé las clases en julio. Me habían aceptado en Stanford. Quería hacer un doctorado de cinco años más.
— ¿Cuándo llegó el quiebre que le abrió otro mundo?
— Cuando me casé, viajábamos mucho. Después llegaron los chicos y me convertí en una mamá full time y Torcuato empezó a viajar solo.
— ¿Le alcanzaba la vida del hogar?
— Sí. Me dediqué siete años full time. Cuando los chicos fueron más grandes, me propuse hacer algo porque si no me iba a deprimir. Ya no me interesaba la vida académica. Ahí tuve la idea del spa.
— De esa vida pasada de académica hecha y derecha, ¿qué sirvió para construir ese nuevo mundo de empresaria?
— El estudio me sirvió mucho. Porque si sobrevivís y haces tu carrera en universidades como Harvard, Oxford, Stanford y la London School of Economics, podes hacer cualquier cosa en la vida. Es como un servicio militar. Te enseñan la disciplina de trabajo. Cultura anglosajona: primero el trabajo, después la familia. Y te aplauden la creatividad, te la fomentan, te la empujan y te la protegen.
— ¿Cómo fue el momento en que la Támara académica se convirtió en un referente de la salud y la belleza y femenina?
— Empecé a elucubrar la idea del spa en el año 90. Buscaba un producto que no existiera en la Argentina. No existía ni la palabra spa. Me costó dos años darle forma a la idea y la lancé en el 92. Inventé un montón de tratamientos como el peeling basado en porridge. Es el típico desayuno inglés. Con eso se aseaban los londinenses durante las dos guerras mundiales porque la cebada tiene una cascarita que raspa la piel. Supe de esta técnica en Inglaterra por la abuela de la casa donde yo paraba mientras estudiaba. Treinta años más tarde me acordé de esa historia de mis años de estudiante.
— ¿Por qué el Colegio Bayard para la primaria de sus hijos?
— El Bayard queda muy cerca de casa. No me importaba si iba gente acomodada o no. Era bueno. Me lo recomendó Manolo (Manuel) Mora y Araujo. Es bilingüe y con doble escolaridad.
— ¿Por qué el Nacional de Buenos Aires para el secundario?
— Los chicos quisieron ir. Habían escuchado hablar del Buenos Aires y la referencia siempre era la misma: es lo mejor que hay. Los dos entraron con muy buenas notas. Sebastián creo que entró número 15.
— ¿Sueña para ellos un futuro académico?
— No especialmente. Pero lo académico está muy presente en ellos.
— Es decir que para ellos, una especie de herederos jóvenes, con una historia familiar de prestigio económico, social y educativo, estudiar sigue siendo el legado.
— Ése es el legado. Sebastián ya terminó su licenciatura en Economía en la UBA y ahora va a hacer un master en Economía en la Di Tella, para después hacer un doctorado afuera. Yo quiero que vaya a Harvard. El padre, a Columbia. Es lo que mamaron en la vida: la formación.
— ¿Sus hijos hablan inglés?
— Perfecto. Cuando eran muy chiquitos, yo les hablaba mucho en inglés aunque ellos me contestaran en castellano. Carolina habla sin acento. Sebastián, no. Él habla con acento.
— A este living debe venir gente muy interesante a conversar.
— Sí, interesantes. Intelectuales.
— ¿Cómo pesa eso en la vida de un chico?
— Ellos tienen una idea muy distorsionada. Ni se dan cuenta. No lo aprecian. Vino Paul Krugman, el famoso economista. Dio una charla en el Sheraton. Cuando terminó, fue Sebastián, con dieciocho años, se acercó y, sin siquiera presentarse, le dijo qué interesante su charla, esto de que la globalización no va a funcionar y lo invitó a casa para que siga desarrollando sus ideas. A Sebastián le pareció lo más natural del mundo.
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