Tomar un vaso de agua, pasar unos minutos escuchando un tema que nos gusta, damos un mimo... Cada uno tiene su forma de llegar a un objetivo de máxima: sentirnos bien de nuevo.
Los italianos lo llaman benessere; los estadounidenses, wellness. En cada país el nombre cambia, pero la consigna es siempre la misma: estar bien, sentirse bien, parar el acelerado ritmo de la vida cotidiana y la constante presión a la que estamos expuestos día a día. Tener un minuto de respiro, un minuto de tranquilidad. La pregunta es ¿cómo hacerlo? Una vez que tenemos el cómo, el qué, el cuánto y el dónde son más fáciles de responder. Acá van algunas ideas de cómo se logra el ansiado benessere. Ustedes piensen las suyas propias.
"Tomá un vaso de agua", me dijo una vez Raúl, mi profesor de tango, y agregó: "Cuando siento que las cosas que pasan me superan, yo paro un poquito, me siento y tomo un vaso de agua". Yo probé y me gustó, pero nunca supe si lo del vaso de agua no era una correlación espúrea, como dicen por ahí. Quiero decir, ¿estamos seguros que es el vaso de agua? ¿No será que para llegar a beberlo tuvimos que parar, ir a la cocina, abrir la heladera, servirnos el agua, sentamos y, finalmente, beberla? ¿Fue el agua, o todo lo otro que hicimos, lo que logró tranquilizamos?
Después está la música. La música es buenísima, pero tiene que ser un tema realmente especial. Nos sentamos, y escuchamos el tema que nos gusta. Ningún tema dura más de tres o cuatro minutos, así que nunca vamos a perder demasiado tiempo en llegar al tan preciado benessere. A mí me gusta escuchar la parte sublime de la Sinfonía del Nuevo Mundo; o sea, la sinfonía número 9 de Dvorak. Da ganas de vivir y de hacer cosas; es una inyección de optimismo y alegría.
Consejo para los amantes de los animales: llamen a su mascota y pónganse a jugar con ella cinco minutos. Los animales no son como nosotros; ellos siempre quieren jugar. Hay otra cosa que no me van a creer, pero les aseguro que funciona: la ropa. Sí, así como lo escucharon. A menudo, el sólo hecho de sacamos la ropa formal y ponemos una más descontracturada ya nos predispone mejor.
¿O no les pasa, acaso, que el domingo ya empieza mejor cuando se visten a la mañana y se ponen ese vaquero viejo, una camisa suelta y un par de zapatillas cómodas? La ropa cómoda ayuda a descontracturarse. Si le preguntan a alguien que haya ido a pasar un fin de semana en un spa en qué momento comenzó a sentirse bien, le va a contestar: "En el mismo instante en que me puse la bata".
Si tomar agua, jugar con un cachorro, escuchar un tema que a uno le guste o ponerse ropa cómoda no funcionan para conseguir el famoso y tan preciado bienestar, prueben sentarse a mirar por la ventana, como la monjita detrás de la mirilla del monasterio. Mirar a la gente es una de las actividades más benessere que hay (un banquito en la vereda para mí, y gracias). Uno se sienta a mirar cómo pasa la gente, a observar, a criticar. Criticar es buenísimo. "Mirá este" o "Mirá aquella" o "Uy, ¿y éso? Mirá qué raro." Deberíamos revindicar el rol del mirón y la mirona, del criticón y la criticona. Lo que pasa es que no tenemos tiempo de mirar; si tuviéramos un minuto, todos deberíamos parar y mirar. Nos daríamos cuenta de que lo nuestro no es tan terrible.
En resumen, para sentimos bien tenemos que hacemos a la idea de que nada es tan terrible. Arturo, un conocido, me transmitió una sabia frase que él aprendió. Es en portugués y dice más o menos así: "Todo al final termina saliendo bien. Si no sale bien, es que aún no terminó".
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