Hoy les toca el turno a los yuyos, también llamados hierbas curativas, porque, sépanlo: que las hay, las hay Y que muchas de ellas son buenísimas para esto y para aquello, también. Así que hoy les traigo el ajenjo.
El ajenjo es ese yuyo que tiene un ligero color verde opalino y un ligero gusto amargo. El ajenjo, sin embargo, de ligero no tiene nada, porque desde la época de los egipcios convoca con sus poderes curativos a cuanto noble se le haya cruzado por el camino. Noble, claro está, en busca de una cura a sus males, que van desde ahuyentar los malos espíritus, hasta curar el reuma o la retención de líquidos. El ajenjo, dicen, es un excelente diurético y aparentemente es cierto porque el mismo Hipócrates, el primer médico que la historia reconoce, lo recomendaba. Además de Hipócrates, otros amantes del ajenjo fueron Plinio, que alababa sus virtudes y lo llamaba elixir de la juventud eterna. Galeno lo recomendaba contra la constipación y Pitágoras no me acuerdo para qué, pero leí que también él había caído en la subyugante atracción del ajenjo.
Los egipcios usaron el ajenjo como diurético. Muchos años después, se hizo fama como bebida alcohólica y conquistó la noche porteña del siglo pasado. Historia de un yuyo ilustre.
En la Edad Media se preparaban vinos con ajenjo, anís e hinojo, para aliviar la inflamación y adormecer el dolor de muelas. El siglo XVI encuentra al ajenjo instalado en Inglaterra junto a la cerveza (que se tomaba tibia).
Mi modesta opinión es que debe haber un elemento de verdad acerca de los poderes curativos del ajenjo porque, si no, ¿cómo se explica que el mito dure tanto tiempo? En 1769 llegó a ser aceptado por la medicina tradicional cuando un médico suizo de nombre Pierre Ordinaire lo publicitaba como el "elixir curativo por excelencia". Este yuyo se convirtió en el aperitivo verde de los soldados en el frente. ¿Por qué es verde? La respuesta es: el ajenjo no es verde, nunca lo fue y jamás lo será. Lo verde le viene de puro colorante que le ponen. Sea como fuere, a los soldados les encantaba. De los soldados pasó a los bohemios y artistas de París, hasta que un día de primavera de 1805 Henri-Luis Pernod lo lanzó al mercado.
Había nacido el Pernod como bebida. A Buenos Aires llega direc-I tamente desde París y se hace amigo del tango, que lo incorpora en su letra. En El primer tango en París, cuento romántico de Jenn Shreve, a Buenos Aires se la describe como la ciudad de "alegría, copas de Pernod y poesía". El Pernod corrí a en las milongas porteñas. Para 1890, el tango se enamoró del Pernod y París del tango. Contrajeron matrimonio en una de las primeras : letras, la de El Choclo: "Al evocarte, tango querido, siento que tiemblan las baldosas de un bailongo", y luego remata en lunfardo: "Carancanfunfa... cruzó los mares y en un Pernod mezcló París con Puente Alsina". Precioso.
Así que un yuyo curativo que desde la época de los egipcios se usaba como diurético y anti-inflamatorio terminó por convertirse en un elixir curativo-embriagante y una de las bebidas más populares de la noche de Buenos Aires. Hoy, en los Estados Unidos se lo puede comprar como absenté, que no es otra cosa que ajenjo francés al que se la quitado el tujone, que resultó ser el componente activo del ajenjo. El ajenjo todavía es verde, un poco amargo y, dicen, curativo.